PK a Whasheron desde la perspectiva de Gnurc (Fado).
El viento de la Llaga siempre trae susurros, pero esta vez el mensaje no llegó en el viento. Fue el graznido áspero de un grajo de ojos demasiado inteligentes el que rompió el silencio de mi vigilia. El animal se posó sobre la empuñadura de mi espada de acero negro. No hubo palabras, no las necesitaba. A través de la criatura, una punzada de fría voluntad —la marca inconfundible del Gran Señor de la Oscuridad— perforó mi mente desprovista de ojos. Una orden directa. Un nombre. Una ubicación: la populosa y ruidosa ciudad de Nueva Braem. Y un objetivo: un hombre de cabellos blancos y cuerpo rollizo, alguien cuya existencia se había vuelto un estorbo para los planes de la Sombra.
Un encauzador o un guerrero de gran poder, un espécimen que en condiciones normales habría destrozado a mis hermanos menores con un solo parpadeo. Pero el Gran Señor no envía a sus favoritos a batallas perdidas; nos envía a ganar.
Me desvanecí. No caminé, simplemente permití que la oscuridad me devorara, saltando de una sombra a otra, cruzando la distancia física como quien cruza una puerta.
Cuando emergí en los rincones oscuros de Nueva Braem, el olor a sangre, sudor y alcohol barato me guio de inmediato. Encontré el lugar: la habitación de una taberna de mala muerte. Permanecí oculto en los pliegues de la penumbra, invisible para los ojos mortales, observando. El fulano de cabello blanco estaba rodeado. Era fuerte, insultantemente fuerte para mis estándares cotidianos, pero cometía el error de los arrogantes: subestimar la superioridad numérica del populacho.
Mercaderes enfurecidos, parroquianos embrutecidos, borrachos con botellas rotas y otros jugadores ansiosos de gloria lo cercaban en una melé caótica. El hombre gordo repartía golpes y maldiciones, pero por cada enemigo que derribaba, tres más le cortaban la carne. Vi cómo su respiración se volvía pesada. Vi el brillo blanco de sus cabellos teñirse de carmesí. Se estaba desangrando. Su poder se drenaba con cada segundo de orgullo.
Esperé. La paciencia de un Fado es tan eterna como la tumba.
Cuando el último de los borrachos cayó al suelo y la habitación quedó en un silencio sepulcral, interrumpido solo por los estertores jadeantes del gigante herido, decidí que era el momento. La luz de las velas parpadeó, muriendo casi por completo cuando di un paso al frente, desprendiéndome de la pared como si la misma piedra hubiera cobrado vida.
El hombre gordo y regordete levantó la vista, el pánico pintándose en sus ojos al notar la ausencia de los míos. Intentó alzar su arma, intentó convocar una fuerza que ya no tenía. Demasiado tarde. Su nivel y su gloria pasada no significaban nada ante el frío acero impregnado de veneno de Thakan'dar.
No hubo un gran discurso. Solo el roce metálico de mi hoja cortando el aire.
Mi espada reclamó lo último de su vida, transformando su agonía en un silencio eterno. Un golpe de gracia, un acto de pura sumisión a la Sombra. Nueva Braem seguía ruidosa afuera, pero en esa habitación, la oscuridad se había cobrado su tributo. Me fundí de nuevo en las sombras, dejando atrás el cadáver de un gigante que creyó que las calles del mundo le pertenecían.