LA ASCENSIÓN DE LEGIÓN (REESCRITA)
Publicado: 17 Ene 2023, 16:49
PARTE 1 (REESCRITA)
Tipo: Relato/Roleo/PK Shallan y Nyd
Participantes: Renji, Eildryc, Krhadgul, Gkhrudw.
Perspectiva: Renji
La túnica negra cae sobre mis hombros como un velo de silencio.
La capucha oculta mis facciones.
La media máscara cubre mi boca, no para esconderla…
sino para contener lo que podría salir de ella.
El yelmo de acero negro —el demonio que llora— no es un símbolo.
Es un recordatorio.
Un recordatorio de lo que fui.
De lo que perdí.
De lo que ya no soy.
Me observo en el cuenco de agua.
No hay rostro.
No hay hombre.
Solo sombra.
Legión respira.
Renji observa.
Stelion calla.
Camino por los pasillos de piedra fría.
Cada paso es un latido.
Cada latido es un eco.
Cada eco es un aviso.
La puerta se abre sin esfuerzo.
La sala está llena de figuras encapuchadas, rostros ocultos, intenciones veladas.
No necesito ver sus ojos para sentirlos.
El silencio pesa.
Me siento.
No porque deba.
Porque quiero que entiendan que no vine a pedir permiso.
—Habéis estado quietos demasiado tiempo —digo, sin elevar la voz—.
Y el mundo no espera a los que duermen.
Un murmullo.
Una tensión.
Un desafío.
Uno de ellos se levanta.
—¿Quién eres para hablar así? ¿Cómo ocupas un asiento que no te pertenece?
No respondo de inmediato.
El silencio es un arma más afilada que cualquier espada.
—El asiento me pertenece porque el anterior dueño ya no respira —digo con calma—.
Y porque ninguno de ustedes tuvo el valor de ocuparlo.
La sala se tensa.
No por mis palabras.
Por mi tono.
Otro se levanta, más impulsivo.
—No saldrás vivo de esta sala.
No me giro.
No lo miro.
No lo reconozco.
Solo camino hacia la puerta.
Siento el tejido antes de que nazca.
Fuego.
Ira.
Miedo disfrazado de valentía.
Lo dejo venir.
Dos sombras se deslizan desde los rincones como cuchillas vivas.
Krhadgul y Gkhrudw.
No aparecen: se revelan.
Sus espadas cruzan el aire y deshacen el fuego antes de que me toque.
No me detengo.
—La Horda me respalda —digo, sin mirar atrás—.
Y no porque me teman.
Sino porque entienden lo que viene.
Hago una pausa en el umbral.
—No necesitan saber mi nombre —añado—.
Solo necesitan recordar que no pueden esconderse de mí.
Camino hacia mi cuarto.
La puerta se cierra.
La furia contenida se libera en un suspiro, no en un grito.
Las sombras se mueven.
Los fados emergen.
Khardgul habla primero.
—¿Cuál es el siguiente paso, humano?
Humano.
Qué palabra tan frágil.
—Un mensaje —respondo—.
Uno que no puedan ignorar.
Golpean la puerta.
La abro.
Una figura encapuchada se arrodilla.
—Déjame ser tu aprendiz.
Lo observo.
No con los ojos.
Con la sombra.
—Ser mi aprendiz no es un honor —digo—.
Es una condena.
Sangrarás por mí.
Caminarás donde otros no se atreven.
Y confiarás incluso cuando no entiendas.
Se estremece.
Pero no retrocede.
—Acepto.
Pongo mi mano en su hombro.
—Entonces levántate.
Y no falles.
Los fados no perdonan.
Krhadgul sonríe con los dientes, no con el alma.
—¿Y ahora, gusano?
—Tremalking —respondo—.
Pero no por caos.
Por propósito.
Los fados se desvanecen.
El aprendiz me sigue.
La sombra se alarga.
Y mientras la fortaleza queda atrás, siento el pulso.
No del Oscuro.
No del mundo.
No de la rueda.
El pulso de Legión.
Tipo: Relato/Roleo/PK Shallan y Nyd
Participantes: Renji, Eildryc, Krhadgul, Gkhrudw.
Perspectiva: Renji
La túnica negra cae sobre mis hombros como un velo de silencio.
La capucha oculta mis facciones.
La media máscara cubre mi boca, no para esconderla…
sino para contener lo que podría salir de ella.
El yelmo de acero negro —el demonio que llora— no es un símbolo.
Es un recordatorio.
Un recordatorio de lo que fui.
De lo que perdí.
De lo que ya no soy.
Me observo en el cuenco de agua.
No hay rostro.
No hay hombre.
Solo sombra.
Legión respira.
Renji observa.
Stelion calla.
Camino por los pasillos de piedra fría.
Cada paso es un latido.
Cada latido es un eco.
Cada eco es un aviso.
La puerta se abre sin esfuerzo.
La sala está llena de figuras encapuchadas, rostros ocultos, intenciones veladas.
No necesito ver sus ojos para sentirlos.
El silencio pesa.
Me siento.
No porque deba.
Porque quiero que entiendan que no vine a pedir permiso.
—Habéis estado quietos demasiado tiempo —digo, sin elevar la voz—.
Y el mundo no espera a los que duermen.
Un murmullo.
Una tensión.
Un desafío.
Uno de ellos se levanta.
—¿Quién eres para hablar así? ¿Cómo ocupas un asiento que no te pertenece?
No respondo de inmediato.
El silencio es un arma más afilada que cualquier espada.
—El asiento me pertenece porque el anterior dueño ya no respira —digo con calma—.
Y porque ninguno de ustedes tuvo el valor de ocuparlo.
La sala se tensa.
No por mis palabras.
Por mi tono.
Otro se levanta, más impulsivo.
—No saldrás vivo de esta sala.
No me giro.
No lo miro.
No lo reconozco.
Solo camino hacia la puerta.
Siento el tejido antes de que nazca.
Fuego.
Ira.
Miedo disfrazado de valentía.
Lo dejo venir.
Dos sombras se deslizan desde los rincones como cuchillas vivas.
Krhadgul y Gkhrudw.
No aparecen: se revelan.
Sus espadas cruzan el aire y deshacen el fuego antes de que me toque.
No me detengo.
—La Horda me respalda —digo, sin mirar atrás—.
Y no porque me teman.
Sino porque entienden lo que viene.
Hago una pausa en el umbral.
—No necesitan saber mi nombre —añado—.
Solo necesitan recordar que no pueden esconderse de mí.
Camino hacia mi cuarto.
La puerta se cierra.
La furia contenida se libera en un suspiro, no en un grito.
Las sombras se mueven.
Los fados emergen.
Khardgul habla primero.
—¿Cuál es el siguiente paso, humano?
Humano.
Qué palabra tan frágil.
—Un mensaje —respondo—.
Uno que no puedan ignorar.
Golpean la puerta.
La abro.
Una figura encapuchada se arrodilla.
—Déjame ser tu aprendiz.
Lo observo.
No con los ojos.
Con la sombra.
—Ser mi aprendiz no es un honor —digo—.
Es una condena.
Sangrarás por mí.
Caminarás donde otros no se atreven.
Y confiarás incluso cuando no entiendas.
Se estremece.
Pero no retrocede.
—Acepto.
Pongo mi mano en su hombro.
—Entonces levántate.
Y no falles.
Los fados no perdonan.
Krhadgul sonríe con los dientes, no con el alma.
—¿Y ahora, gusano?
—Tremalking —respondo—.
Pero no por caos.
Por propósito.
Los fados se desvanecen.
El aprendiz me sigue.
La sombra se alarga.
Y mientras la fortaleza queda atrás, siento el pulso.
No del Oscuro.
No del mundo.
No de la rueda.
El pulso de Legión.