PK. Participantes Gnurc, Durza hacia Coeur.
Las sombras se alargaban sobre los callejones de Fal Moran cuando el
viento trajo el olor. Gnurc alzó el hocico, los belfos retorcidos en una
mueca que mezclaba el asco con algo más oscuro: el hambre. No era el hedor
de la carne humana, que conocía bien. Era algo más antiguo. Madera viva.
Piedra y tiempo. El olor que los engendros de la Sombra aprendían a odiar antes incluso de aprender a matar.
Un Ogier.
Se llamaba Coeur, y no era difícil de localizar: se erguía como un árbol entre arbustos, casi dos cabezas por encima de los soldados de la guardia real que lo flanqueaban. Tenía la piel del color de la corteza de roble, los ojos grandes propios de su raza, y unas manos que podían partir
piedra o esculpirla con la misma delicadeza. Llevaba una vara a dos manos, del grosor de un muslo humano, y en torno a él el aire parecía más denso, más vivo, como si la propia tierra de Fal Moran respirase distinto en su presencia.
Los Ogier no eran guerreros por naturaleza. Pero Coeur llevaba demasiados años fuera del stedding. Y eso cambiaba a cualquiera.
Durza y Gnurc no necesitaron palabras. Entre los de su especie, alzar la
voz solo atrae a los buitres. Un intercambio de miradas, dos señas toscas con las garras, un gruñido casi subsónico que más que oírse se sentía en el pecho. Rodear. Aislar. Destruir. Los soldados de la guardia real serían los primeros en caer, para que el Ogier no tuviese a quién proteger.
El caos se desató como una tormenta rota.
Durza entró en tromba por el flanco izquierdo, blandiendo el bastón de
guerra con las dos manos, buscando los huecos entre los guardias. Gnurc fue
directo al centro, una mole de hierro, pelaje y dientes que volcó a dos hombres de un solo envite. Coeur giró con una rapidez sorprendente para su tamaño, interponiendo la vara entre él y Durza, y el impacto resonó como un
disparo de catapulta en el callejón. El Trolloc sintió el golpe subir por los brazos hasta los hombros. El Ogier era fuerte. Mucho más fuerte de lo que aparentaba.
La guardia real apenas fue un estorbo. Coeur los defendió mientras podía, pero los Trollocs los fueron desmembrando uno a uno con la eficiencia sin
ornamento de los engendros de la Sombra. Cuando el último soldado cayó, el Ogier se quedó solo.
Y entonces Coeur dejó de contener lo que llevaba dentro.
Con una voz que no era solo voz, una voz que venía de algún lugar más
profundo que la garganta, el Ogier entonó algo. No era exactamente un canto.
Era más antiguo que eso. Gnurc sintió el suelo moverse bajo sus patas antes de verlo: enredaderas gruesas como sogas irrumpieron entre los adoquines de Fal Moran, espinos del tamaño de dedos brotando de cada tallo, envolviéndose en sus piernas, desgarrando el pelaje y la carne con cada intento de liberarse. Los Ogier no invocaban la magia como los Aes Sedai. No canalizaban el Poder Único. Pero había algo en ellos, algo que los siglos y la tierra habían depositado en su sangre, que hacía que la naturaleza los escuchase.
Coeur atrapó a Gnurc entre sus brazos con una presa que crujió huesos como ramas secas. El Trolloc aulló, un sonido horrible que rebotó en las paredes del callejón, y sacudió sus enormes garras buscando puntos de apoyo, pero la corteza del Ogier era dura como madera curada. Durza aprovechó el momento para golpear, una y otra vez, pero Coeur lo esquivaba o desviaba los golpes con la vara sin soltar a Gnurc, con esa concentración serena y terrible que tienen los seres que han vivido mucho y saben que el tiempo juega a su favor.
Durza lanzó al grupo, con el rugido mental que compartían: ¡Caos! Era la señal. Dejó el bastón, embrazó el escudo abollado y cambió de táctica. Ya no buscaba el golpe limpio. Empezó a machacar, escudo contra corteza, una y otra vez, abriendo brechas en el tronco del Ogier por donde manaba una sangre, que más que roja parecía savia espesa de color ámbar oscuro. Coeur gruñó, un sonido bajo y profundo como el crujido de un árbol en tormenta, pero siguió en pie. Siguió en pie durante mucho tiempo.
Fue Gnurc quien lo terminó. Liberándose de la presa con lo que le quedaba de fuerza, sangrando por docenas de heridas de espino, tomó el hacha de mango largo con las dos manos y descargó un golpe que tenía en él toda la rabia acumulada del combate, toda la furia de algo que ha estado a punto de morir y todavía no sabe si no lo está.
El silencio que siguió fue extraño. Las enredaderas se marchitaron de golpe, como si algo las hubiese abandonado. Los espinos se volvieron negros. El suelo de Fal Moran dejó de respirar.
Coeur cayó despacio, como caen los árboles grandes, con una dignidad involuntaria que hizo que hasta Durza se quedase quieto un momento. El impacto sacudió el callejón entero.
Gnurc, cubierto de sangre propia y ajena, con espinos todavía clavados en el pelaje, contempló los restos. Luego soltó una carcajada ronca y fea, el único tipo de risa que conocía. Se agachó y arrancó de entre la corteza quebrada algo que brillaba: una moneda de plata, probablemente caída de alguno de los guardias.
Se la metió en la boca y la masticó, saboreando el metal.
Ambos trollocs tragaron hasta saciarse. La Sombra había reclamado lo suyo. Y Fal Moran, esa noche, no olvidaría el sonido de un árbol antiguo derrumbándose en piedra.