Relato: mi llegada a la torre.
Soy Iserion, de Cairhien. Aunque si preguntaras por mí en la nobleza refiriéndote a mi nombre, hasta el más lengua suelta de ellos te diría que no sabe de qué le estás hablando... porque ellos no conocen mi nombre, sino mi apodo: "Muerte Silenciosa".
Vivo de la nobleza, pero no por pertenecer a una familia como tal... sino por su sangre. Soy aquél a quien llaman cuando necesitan que alguien desaparezca, y lo haga en silencio: sin dejar rastro, sin dejar huella, sin poder articular grito. Los nobles no conocen mis métodos, tan solo saben que, siempre y cuando se me dé el pago adecuado, la persona que ellos digan dejará de existir entre los vivos. Y es mejor así, que mis métodos sean desconocidos; o de lo contrario, no sé qué ocurriría. Ni me importa, en realidad. Y a los nobles, tampoco le importan los métodos.
Aunque siendo franco, últimamente le estoy dando muchas vueltas a eso. No a que ellos lo descubran, sino a revelar mi secreto (o al menos uno de ellos) ante las personas indicadas. Hace poco, por Cairhien pasó uno de esos hombres con capa negra denominados Ashaman, invitando a la torre negra a todo aquél que supiera encauzar y ofreciéndoles protección ante las aes sedai. Reclutó a unos cuantos, pero yo pude ocultarme y pasar desapercibido. Y dos días después, me encuentro a pocos metros del pueblo de la torre negra, preguntándome si debería aceptar.
El poder, es una de las razones por las que soy tan letal al momento de desaparecer individuos. Pero siempre he tenido problemas para controlarlo, pues no siempre responde, como si huviese un bloqueo; razón por la que hago uso del poder únicamente en situaciones excepcionales. Sin embargo, me pregunto si en la torre negra me podrán enseñar a romper ese bloqueo... De suceder algo así, indudablemente sería alguien muy poderoso. Y eso, es lo que me atrae tanto (o más) que el dinero que recibo al desaparecer objetivos de nobles.
Sonriendo, me aproximé al pueblo de la torre negra y me dirigí con calma a los soldados que hacían guardia, con el fin de contarles mi situación. Ellos llamaron a un Ashaman de inmediato, quien me condujo hasta la torre al tiempo que me hablaba de ella. Estaban allí para luchar por el dragón renacido, y por ende éramos arma del dragón renacido. No me importaba en absoluto todo aquello, pero asentí y me mostré entuciasta, al tiempo que hacía preguntas sobre la torre y el dragón, para que el ashaman pensara que había captado mi interés y sumisión.
Pero nada más lejos de la realidad: yo no estaba allí por el dragón renacido, sino por el renacimiento del ser poderoso en el que me convertiría cuando la torre me enseñara a romper mi bloqueo. Y fue así, que inició mi primer día en la torre como soldado.